Iñaki Makazaga | Kebemer, Senegal 15 SEP 2018 - 07:35 CEST   

Senegal frena la expansión del desierto con una gran barrera forestal.

El país africano planta 30.000 árboles para sitiar al desierto y proteger los huertos, pozos y poblados de los habitantes de la franja más caliente del país

Reportaje

Las dunas del desierto de Lompoul, Senegal, han pasado de condenar al nomadismo a su población de más de 10.000 habitantes a ofrecerles un terreno cada vez más fértil para huertos, pozos de agua y un hogar seguro. “Aquí antes solo había arena, viento y pobreza”, asegura Mbaye Ka, miembro de los poblados nómadas que desde hace años sobrevivían de forma móvil con el pastoreo. “Nuestras casas era todas provisionales porque debíamos montarlas y desmontarlas en función de los vientos”. Ahora no, asentados en el inicio del desierto del Sahara y el Sahel que atraviesan todo el continente africano, son mayoría las viviendas fijadas con cemento y de muchas de sus paredes descansan pales, hoces y grandes rastrillos. El nomadismo ha dado paso al inicio de la agricultura y con pequeños huertos se aseguran la alimentación y la posibilidad de un ingreso extra con el que mandar a las nuevas generaciones al colegio. 

El cambio de vida de esta población se debe a la Gran Muralla Verde el sueño político de 14 países africanos para levantar una hilera forestal que frene los vientos del atlántico y la expansión del desierto en el continente negro. En total, 7.500 kilómetros desde Senegal hasta Yibuti. El primer país lidera ya el proyecto con la construcción de una franja de su capital Dakar hasta el extremo norte San Luis.  Y en la próxima década espera prolongar esa hilera de árboles otros 390 kilómetros más. 

"Hemos pasado de soñar con migrar a Europa a encontrar un futuro en Senegal a través de la agricultura"

 “Antes todos soñábamos con viajar a Dakar, a Europa y huir de este horno”, continúa Mbaye Ka consciente de lo complicado de romper un círculo de pobreza marcado por la desertización, la sequía y el cambio climático. De las pocas cabras y vacas que pastoreaban cada vez obtenían menos beneficios y con la subsistencia se daban por vencidos. “Tener ahora cada uno nuestro propio huerto con pozos de agua cercanos y las herramientas básicas para trabajarlos ha revolucionado nuestras vidas”, asegura feliz, orgulloso y satisfecho por la nueva vida en la que crecen sus nueve hijos.

En este avance se ha incorporado la cooperación internacional fortaleciendo a las comunidades con proyectos que garantizan el acceso a agua potable, la mejora de las técnicas de agricultura para la soberanía alimentaria y el fortalecimiento de la Muralla Verde con la construcción de nuevos tramos. 

“Si protegemos las dunas del viento del Océano Atlántico, conseguiremos transformar el desierto en un lugar más habitable y frenar la desertización”, explica Makthar Ndiaye, coordinador de los proyectos de cooperación de la ONGD vasca Solidaridad Internacional en el país africano. Tras ocho años de trabajo con el apoyo de la Diputación Foral de Bizkaia y la Agencia Vasca de Cooperación del Gobierno Vasco ha conseguido plantar 30.000 árboles a lo largo de 1.000 hectáreas en las que ha fijado la arena de las dunas, protegido las zonas fértiles de cultivo y generado, durante todo el proceso, compostaje para la recuperación de la franja más seca del país e inicio del desierto del Sahel que atraviesa el continente. 

Los nuevos huertos, aunque la hierva todavía brote pequeña y amarilla, no sólo han frenado la desertización sino que han impulsado a las nuevas generaciones a las escuelas más cercanas. “Con lo que obtenemos del huerto les compramos los libros y pagamos los desplazamientos hasta la escuela. Ya no les pasará cómo a mí: ellas podrán aprender a leer y a escribir”, añade Khady Ka, quien llegó al poblado de Beigne Penda sitiado por las dunas hace ahora 30 años cuando sus padres la dieron en matrimonio. “Si me dicen al llegar que conseguiríamos tener un huerto con un pozo en esta zona, no me lo creo”. 

Tampoco se lo hubieran creído los padres, ni abuelos de Serignesera Sow, jefe de la comunidad, obligados al nomadismo por la falta de recursos naturales. Hoy saldrá hacia el mercado en Jong Yoy para ofrecer sus nuevas hortalizas recién recogidas. “Ya no me planteo mover a toda la comunidad, aquí nos quedamos”. Su próximo reto pasa por construir una escuela para los más pequeños. 

Y en ese empeño lleva casi dos décadas trabajando el senagalés Makthar Ndiaye que pasó de vendedor ambulante por España a cooperante en su país de origen. Durante los años como migrante estudió el Máster de Cooperación del Instituto Hegoa de la UPV/EHU y organizó diferentes viajes con ONG vascas interesadas en conocer las necesidades de las poblaciones de origen de los senegaleses afincados en Euskadi. Del primer viaje han pasado 17 años y sigue colaborando con la cooperación vasca para generar nuevos brotes verdes inspirado en el sueño político de la Gran Muralla Verde. 

“Ha sido un proceso muy costoso pero en el momento en el que la población local se ha involucrado ya no hay quién lo pare. Aquí ya no piensan tanto con viajar a Europa como en ganar más terreno al desierto para ampliar su huerto”, asegura Ndiaye quien espera sumar pronto a nuevas instituciones a su sueño verde.  


La llegada del agua por primera vez a los poblados

A sus 28 años, Awa Ndiaye acaba de descubrir el agua corriente. Con la canalización del agua hasta su aldea ha ganado una nueva vida. “Antes la vida de las mujeres giraba en torno a ir a recoger el agua  por turnos”, explica junto al grifo que ha revolucionado la vida de la aldea Palene Fall en la región de Louga en Senegal. Todavía no tiene luz pero ahora sí tiempo para retomar la alfabetización, arreglarse y cuidar mejor sus cuerpos.  

“A primera hora del día debíamos salir a por agua y a media tarde de nuevo para seguir cocinando, regar el campo o lavarnos. No había tiempo para más porque después teníamos que cocinar y trabajar en la casa. Ahora vivimos mejor”. Los mayores del pueblo ya no sueñan con viajar a Europa, sino con una pueblo más verde. Entre las familias se han repartido el campo, 900 metros cuadrados para cada familia. “Muchos siguen en España o Italia, se plantean regresar porque saben que con el dinero ahorrado y estas condiciones dónde mejor están es en sus casas”, explica ahora Makthar Ndiaye responsable de los proyectos de cooperación de la ONG vasca Solidaridad Internacional en el país y responsable de la construcción de un pozo para esta población.

“No cuentan con carreteras, ni escuela, ni centro de salud cercano. Aquí luchan contra el desierto cada día y sus vidas se simplifican a esa lucha”, explica para poner en valor el trabajo con ellas. Y un simple cambio como la canalización del agua frena el círculo de la pobreza por el círculo de la vida. 


De migrante a cooperante, la historia de Makthar Ndiaye 

Tras una década en España, regresó a su país Senegal para coordinar proyectos de cooperación que ha cambiado la vida de sus comunidades. Puedes escuchar aquí una entrevista en el programa de radio Piedra de Toque


Derechos Humanos asociados a este reportaje